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El «día de la escarapela», esa fecha esquiva y lejana que podría ser hoy

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Si bien hay autores que afirman que los porteños usaron una escarapela celeste y blanca durante las invasiones inglesas y que Cornelio Saavedra hizo que sus Patricios la utilizaran el 19 de mayo de 1810, cuando un grupo de damas entre las que se encontraba Casilda Igarzábal (la esposa de Rodríguez Peña), se presentó ante el jefe patriota luciendo una escarapela con los mismos colores, lo cierto es que Belgrano elevó una nota al Triunvirato el 13 de febrero de 1812 para crear este símbolo patrio logrando su aprobación el 18 del mismo mes.

Hay versiones encontradas sobre el origen de los colores celeste y blanco, algunos sostienen que su origen era Borbónico, como el de la orden Carlos III de 1771, o la banda que usa Fernando VII en su retrato de 1814. Otros, sostienen que se inspira en los colores del manto de la Virgen de la Inmaculada Concepción, patrona de España y las Indias.

Cabe recordar que durante los primeros años de gobierno patrio todo se hacía bajo la máscara de Fernando VII y que la bandera española ondeó sobre el fuerte de Buenos Aires hasta 1815.

Cuando Belgrano presentó la enseña patria a orillas del Paraná, el 27 de febrero de 1812 en la villa del Rosario, recibió una severa reprimenda del Triunvirato, ya que no creían conveniente mostrar tal convicción separatista. Era mejor mantener la ambivalencia. Curiosamente, fueron Belgrano, Rivadavia y Sarratea (estos dos últimos miembros del Primer Triunvirato) quienes partieron hacia Europa a buscar un monarca español a fin de gobernar estas tierras, idea que Carlos IV y su exministro Godoy aceptaron encantados, hasta que la inesperada llegada de Napoleón y el comienzo de sus célebres Cien Días echó por tierra las propuestas de los diplomáticos porteños. Belgrano volvió al Río de la Plata y expuso su idea de coronar un monarca descendiente de los Incas, propuesta que no prosperó.

Vale recordar que el uso de la escarapela se remonta a los tiempos de la guerra de Sucesión española cuando muere el último Habsburgo, Carlos II, llamado «el Hechizado» por sus trastornos físicos secundarios a la endogamia (las tropas pertenecientes al Ejército Real usaban una cucarda roja). También que las tropas francesas revolucionarias usaban la escarapela tricolor para diferenciarse de aquellas que seguían leales al Rey Luis XVI.

En las escuelas nos han repetido hasta el cansancio que French y Berutti repartieron cintillas celestes y blancas durante las jornadas de Mayo. Esta versión parece ser una variación introducida por Mitre en su Historia de Belgrano y de la independencia argentina, ya que distribuyeron cintillas blancas como símbolo de paz entre españoles y criollos, pero al encontrar la resistencia de los peninsulares, French y Berutti agregaron una cintilla colorada. Como el colorado o punzó fue el emblema de los federales rosistas, Mitre introduce en el relato histórico el celeste como distintivo de los patriotas, color que era propio de los unitarios.

Sea por los Borbones, por la Virgen, por la inspiración celestial de Don Manuel o por la idea de French y Berutti, lo cierto es que hoy contamos con esta escarapela que adorna nuestras solapas las fechas patrias.

Sin embargo, el 18 de febrero, aunque haya sido aceptada para distinguir a nuestros soldados, no es el Día de la Escarapela. El Consejo Nacional de Educación, a instancias de la profesora Carmen Cabrera y los señores Ardissono y Favre, consagró que el 18 de mayo sea el día en el cual se recordase a este símbolo patrio. Sin embargo, recién el 4 de abril de 1941 se promulgó el decreto que consagraba al 18 de mayo como Día de la Escarapela, confirmado así por el Ca-lendario Escolar 1951. No obstante, por esas cuestiones misteriosas de la burocracia, el Consejo Nacional de Educación por resolución del 12/05/1960, restituyó la celebración como se había dispuesto en 1941, con un acto que debía realizarse en las escuelas con concurrencia de las delegaciones de 4to a 6to gra-do.

Quizás por estas idas y vueltas es que solemos referirnos al Día de la Escarapela como una fecha esquiva, lejana, remota y extemporánea.

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